Tenía 16 años cuando vi por primera vez a Joaquín Sabina en concierto. Fue una de esas experiencias que no se olvidan. Apenas sabía nada de él, no conocía su historia, ni su discografía, ni su universo de personajes nocturnos y corazones maltrechos. Pero aquella noche, descubrí algo que me atravesó. A la mañana siguiente ya estaba con mi guitarra, intentando tocar y cantar sus canciones. Sin entender del todo lo que decían, pero sabiendo que hablaban de algo verdadero, cotidiano, pero especial.
Con el tiempo, y a lo largo de mi propio recorrido musical —como cantautor, entre el pop y el rock—, empecé a comprender la dimensión de Sabina. Desarrollé una admiración que fue creciendo disco a disco, canción a canción, como crecen las cosas que se quedan para siempre.
Porque Sabina no es solo un músico, es un narrador de vidas, un poeta urbano que ha sabido convertir lo personal en colectivo. Sus canciones son relatos, confesiones, retratos de una generación y de todas a la vez.
Sus letras me han acompañado a lo largo de los años. En los amores que empezaban y en los que se iban, en los días buenos y en los que dolían más. En los fracasos, las dudas, las decisiones difíciles. Y lo más hermoso es que, aunque uno las escuche mil veces, nunca suenan igual. Evolucionan contigo. Crecen contigo. Y en cada concierto, en cada rincón, hay alguien que las hace suyas por primera vez.
Con los años, aquella admiración se convirtió en una certeza y una decisión. No quería imitar a Sabina. Lo que realmente quería era ser un altavoz para sus canciones. Cuidarlas, respetarlas, tratar de mantener viva la emoción con la que fueron escritas. Porque mis propias canciones, aunque las quería y las quiero, sentía que no estaban a la altura. Y si había algo que sí podía hacer, era compartir las suyas, adoptarlas, e interpretarlas como si fueran mías desde el escenario.
Así nació Malas Compañías. Como un homenaje, sí, pero también como una forma de agradecimiento. Un espectáculo hecho desde la admiración y con el corazón, que no busca copiar e imitar a Joaquín, sino acercar su obra al público con el respeto que merece.
Las canciones de Sabina merecen seguir vivas, no solo en los discos, también en los escenarios, y con esa emoción que las han convertido en himnos. Y con esa intención seguimos en cada concierto, llevando sus historias y su voz —a través de la nuestra— a quienes quieran escucharlas.